Escena eliminada # 2 de "El abrazo de la noche"

lunes, junio 06, 2011

Este es uno de los epílogos que fue quitado del final del libro.

New Orleans, tres horas antes.
—¿Ya ha comido?
Vane tragó saliva ante la pregunta de Mama Osa Peltier y sacudió su cabeza en negación.
Fang no había tragado bocado desde que los osos los habían acogido.

Su hermano se estaba muriendo y al igual que con Anya, no había nada que él pudiera hacer para evitarlo.
Un sentimiento de furia e impotencia lo llenaba y quería ver sangre por todo lo ocurrido esa noche. Más que nada, quería el corazón de Talon en su puño.
Mama Osa pasó la mano gentilmente sobre su hombro.
—Si necesitas algo, solo pídelo.
Vane se esforzó para contener un gruñido.

Lo que necesitaba era a su hermano entero otra vez. Pero el ataque Daimon le había arrebatado a Fang las ganas de vivir. Se habían llevado mucho más que la sangre de su hermano, le habían arrebatado la dignidad y el corazón.
Vane dudaba que su hermano pudiera volver a la normalidad.

Mama adoptó su forma de osa y se marchó a paso tranquilo. Vane era apenas consciente de las pisadas de Justin en su forma de pantera, que caminaba seguido por un tigre y dos halcones. Se movían en dirección a sus habitaciones donde pasarían el día en sus verdaderos cuerpos animales, aislados del mundo crédulo.

—¿Parece un zoológico, acaso no?
Levantó la vista al escuchar a Colt hablarle desde la entrada. Portando su metro noventa y tres de estatura, Colt era uno de los Howlers. Al igual que Mama y su clan, Colt era un oso, pero al contrario que ellos, él era un Arcadio.

A Vane le sorprendía que los osos toleraran a uno de su especie entre ellos. La mayoría de las manadas Katagaria asesinaban a cualquier Arcadio que tuvieran a la vista.
Él lo hubiera hecho.
Pero para ser sinceros, Mama y Papa Oso, no eran como la mayoría.
—¿Qué quieres?—le preguntó Vane.
Colt se movía nerviosamente.
—Estaba pensando... sabes, sería mucho más seguro para todos en el Santuario, si tuviéramos dos Centinelas protegiendo a los Peltiers.
Vane se burló del comentario.
—Desde cuando un Centinela protege a un clan Katagaria?
Colt lo miró divertido.
—¿Eso de parte de un Centinela que le está acariciando el pelaje a un lobo Katagari?
La ira oscureció los ojos de Vane y si no fuera porque necesitaba alojarse ahí por el bienestar de Fang, se habría abalanzado hacia la garganta de Colt.
—No soy un Centinela así como no soy un Arcadio.
—No puedes esconderte de mi, Vane. Al igual que yo, has decidido ocultar las marcas de
tu rostro, pero eso no cambia lo que eres. Nosotros somos Centinelas.
Vane lo maldijo.
—Yo jamás seré un Centinela. Rechazo esa herencia. No cazaré ni asesinaré a mi propia raza.
—¿Acaso no lo has hecho ya?—le preguntó Colt arqueando una ceja.—¿Cuantos
Centinelas has asesinado defendiendo la manada en que naciste?
Vane no quería pensar en eso. Aquello había sido diferente. Ellos habían amenazado las vidas de Anya y Fang.
—Mira,—dijo Colt. —No estoy aquí para juzgarte. Tan solo pienso que sería más fácil si…
—No voy a quedarme,—dijo Vane.—Los lobos no se mezclan con terceros. En cuanto haya recuperado mis fuerzas y pueda proteger a Fang nuevamente, nos largamos.
Colt respiró profundo y negó con la cabeza.
—Como quieras.—Se dio la vuelta y salió.

El corazón de Vane sufría mientras abandonaba la habitación el tiempo necesario para devolver a la cocina la comida que Fang no había tocado.
Si su hermano no reaccionaba pronto, no sabía que haría. Ambos estaban sentenciados a muerte.
Su padre no tardaría en enviar exploradores a comprobar en qué estado se encontraban.
En cuanto descubrieran que ambos habían sobrevivido, los asesinos vendrían por ellos.
Necesitaba a Fang en movimiento.

Podía pelear solo, pero acarrear el culo catatónico de Fang al mismo tiempo no sería fácil y tampoco era algo que estuviera ansioso por hacer, lo único que anhelaba era poder recostarse y lamer sus propias heridas.
Maldito Fang por su egoísmo.

Cuando Vane regresó a la habitación del segundo piso, encontró dentro a Wren de pie junto a la puerta y a Aimée Peltier sentada sobre la cama junto a Fang.

A sus treinta y pocos años, Wren aparentaba mucho menos. Su cabello rubio oscuro era todo rastas; y jamás había cruzado palabras con Vane.

Mama Osa le había contado que a Wren lo habían abandonado a su propia muerte algunos años atrás y luego lo habían traído al Santuario. Nadie sabía nada sobre Wren, más allá del hecho de que a Mama no le gustaba y no confiaba en él.

Aimée Peltier era una rubia hermosa, eso si eras el tipo de hombre al que le gustaban las mujeres extremadamente delgadas; Vane no era uno de esos. Ella era el orgullo y alegría del clan Peltier y por lo que él sabía, era uno de los pocos osos realmente bondadosos.

Vane frunció el ceño al ver como Aimée se inclinaba y le susurraba algo a Fang.
Para su sorpresa, Fang le lamió la mano.
Aimée dio palmaditas sobre el pelo de Fang y luego se levantó de la cama. Se detuvo en seco cuando fue consciente de la presencia de Vane.
—¿Qué le has dicho?—preguntó Vane.
—Le dije que ambos sois bienvenidos aquí. Que ya nadie lo volvería a lastimar.
Vane miró a su hermano que había regresado a su estado vegetativo.
—No nos quedaremos aquí,—Vane reiteró.
Wren sonrió con ironía.
—Curioso. Eso mismo dije yo, diez años atrás.


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