-Historias Dark Hunter- Capitulo 45 Por Jeliel

miércoles, julio 20, 2011

La salida de compras con Simi había sido… peculiar. Me había llevado a su tienda favorita, donde todo era de estilo gótico, y había insistido en que lo comprara todo de cuero negro.

- Ya se lo agradecerás a Simi - había dicho convencida -. Además el cuero sienta bien a todo el mundo, ¡realza las curvas!

Había salido de la tienda vestida con un pantalón de cuero negro y una camiseta ajustada de tirantes del mismo estilo. Unas botas a conjunto completaban el atuendo. Después Simi había teletransportado las bolsas con el resto de la ropa a casa de Aquerón y ambas nos dirigimos en silencio hacia el Santuario. Ahora lo vería con mis propios ojos.
Caminaba cabizbaja cuando Simi siseó, un segundo después noté una sensación nueva para mí, un escalofrío en la espalda.

- Cazadora… - susurró una voz a mi espalda.

Antes incluso de que me diera tiempo a girarme, alguien se abalanzó sobre mí para derribarme al suelo. Era un hombre rubio y muy alto. No, no era un hombre, ¡era un daimon! y yo sin entrenamiento. Conseguí deslizar la pierna derecha entre nuestros cuerpos para poder apartarlo de mí de una patada y ponerme en pie. Automáticamente mi cuerpo se puso en posición defensiva, pero cuando volvió a arremeter contra mí lo golpee en la cara con tanta fuerza que salió despedido hacia atrás. Simi corrió a inmovilizarlo.

- ¡¡Mátalo!! - gritó -. ¡El akri de Simi le ha prohibido comerse cosas!

El daimon intentó zafarse, pero Simi lo apretó con más fuerza aún. Saqué la daga que me había regalado Ash y lo apuñalé en la marca negra. Se evaporó al instante.

- ¡Bien hecho! - gritó Simi abrazándome.
- ¿Bien hecho? - me aparté de ella -. Si no llegas a intervenir me habría matado.

Eché a andar, furiosa, hacia lo que creía que era el Santuario mientras Simi se apresuraba a seguirme.

- No estés triste, akri te enseñará todo lo que necesitas saber.

***

Entramos al Santuario después de que Simi me presentara a Dev, un oso muy grandote e intimidante. Era la primera vez que veía a un katagario y no podía dejar de mirarlo de arriba abajo. Éste, sonrió encantado con el escrutinio por parte de una mujer.
Entré buscando la presencia de Aquerón y me dirigí hacia ella en cuanto la encontré. Me senté en una silla a su derecha sin saludarlo siquiera, crucé los brazos por encima de la mesa y enterré la cara en ellos. Ash me acarició la espalda disimuladamente para consolarme.

- Jeliel está triste - dijo Simi antes de volver al cuerpo de Aquerón.
- Si no llega a ser por tu demonio ahora mismo estaría muerta. Un daimon me cogió desprevenida.
- Es pronto para soltarte en la calle, Jel. Si he accedido a que me acompañes es para poder vigilarte personalmente. Es lo mínimo que puedo hacer por Carlos. Si yo fuera él, es lo que habría pedido. Pero estás verde, esto es peligroso; realmente sería más seguro para ti quedarte con Savitar.
- Prefiero morirme.
- Savitar no es tan malo - dijo sonriendo -, cuando te acostumbras a él.

Puse los ojos en blanco.
La puerta de abrió y apareció una cazadora morena que no había visto nunca. Se acercó a nosotros con una sonrisa en la cara, pero en ese momento la puerta se abrió de nuevo y aparecieron Kyrian y Melo. ¡Melo!
Me levanté para acercarme a saludar, pero en ese momento, la cazadora que había entrado antes que ellos se quedo blanca y perdió la sonrisa. Tras unos gritos, Kyrian acabó apuñalado. Me quedé totalmente paralizada mientras veía como Ash salía tras corriendo tras la cazadora morena, y Melo y Lau, que acababa de entrar al bar salían corriendo con Kyrian para poder curarlo.
Me quedé sola, allí plantada entre dos mesas, con los ojos muy abiertos, flipando.

- Creo que tendrás que ir acostumbrándote a estas movidas - dijo una masculina voz a mis espaldas.

Me giré de golpe y vi a un hombre muy alto y moreno, así en conjunto, me recordó un poco a Carlos, incluso sus ojos eran también verdes, pero de otro tono. Sus pestañas eran muy largas y negras, y me miraba esbozando una sonrisa burlona. Iba vestido de negro completamente, con una camiseta de El santuario, el uniforme del lugar.

- Lo siento - me excusé mientras me apartaba de él y me dirigía al baño de señoras.

Cerré la puerta a mis espaldas y abrí el grifo de agua, mientras se llenaba la pila me apoyé en el mármol, mirandome fijamente en el espejo. Me daba asco a mí misma. Si me esforzaba, podía ver los cuerpos de mis hermanos destripados, destripados por mí.

No llores, me ordenaba a mí misma. Pero me fue imposible. Había perdido a Carlos, había perdido a mi hijo. No podía depender de Aquerón, tendría que apañarme solita, si él no me podía entrenar… aprendería sola, y si alguien se me llevaba por el camino, que así fuera; por lo menos me reencontraría con mi marido. Me lavé la cara y los brazos con agua, necesitaba refrescarme y el agua siempre me calmaba por alguna razón. Después me sequé la cara y salí del baño. El hombre de antes estaba apoyado en la pared, al lado de la puerta, tenía los brazos cruzados por delante del pecho y el pie derecho apoyado en la pared. Cuando me vio me tendió la mano para estrechármela.

- Vane - dijo presentándose.
- Jeliel - le estreché la mano.
- ¿Católica? - sonrió.
- Para nada, pero es mejor que mi nombre real, este por lo menos me lo puso alguien que me quería. Puedes llamarme Jel.
- Tú puedes llamarme Vane... o lobo.
- Perrito bueno, no me muerdas - esbocé una sonrisa, la primera en todo el día.
- ¡No me provoques, angelito! - se carcajeó -. En serio, Ash me pidió mentalmente cuando salió corriendo que no te dejara salir del bar.
- ¿En serio? - me crucé de brazos, desafiándolo - Pues mira tú por donde iba a ello, y no vas a impedírmelo.

Caminé hacia la puerta decidida a salir a enfrentarme con el primer daimon que se me acercara y terminar con todo. En el último momento dos hombres, uno moreno y uno rubio, también muy altos, me cortaron el paso. Los miré irritada. El rubio se atrevió a sonreírme burlonamente y lo fulminé con una mirada que habría sido digna competencia de la de Medusa.

- Fury, tienes un don para cabrear a las mujeres - dijo Vane cuando me alcanzó.
- No he abierto el pico - dijo el aludido.
- Mejor me lo pones, pero gracias - miró al moreno -. Gracias Fang -. Los hermanos de Vane se fueron y este me agarró del brazo -. Mira, puedes ponérmelo difícil, pero Carlos era muy querido aquí, los katagarios protegemos a las parejas de nuestros amigos y hermanos como si fueran las nuestras, y aunque no fuera así, le he prometido a Aquerón que cuidaría de ti, así que no vas a librarte de mí.
- Mi pareja está muerta - de repente se me ocurrió algo -. ¡¡Tú!! - lo golpee en el pecho - Puedes llevarme al pasado, puedo cambiarlo, puedo hacer que salga de la casa o puedo irme yo. Por lo menos vivirá uno de los dos y entonces...
- Eh, eh, no. Me cortarían las pelotas, como poco. No se puede cambiar el pasado. Ni por ti, ni por mí, ni por nadie. Pero sí puedo hacer otra cosa, ven conmigo.

Me hizo seguirlo por detrás de la barra, para continuar por unos pasillos blancos y llenos de puertas blindadas. Había muchísima seguridad al otro lado de la barra. Lo contemplaba todo asombrada, ni siquiera reparé en la gente que se cruzaba con nosotros y a la que Vane saludaba por el nombre hasta que choqué contra su espalda cuando se paró de golpe delante de una de las puertas.
Levanté la mirada y fruncí el ceño cuando vi que sonreía, entendiendo que él había provocado la "colisión" a drede. Se echó a un lado para dejarme pasar primero, y lo hice, ¿qué podía perder ya? Me quedé de piedra al ver un enorme gimnasio en el que no parecía faltar de nada.

- Bienvenida al magnifico salón de entrenamiento de los Peltier y compañeros. Quítate los zapatos.
- ¿Para qué?
- Vamos a empezar tu entrenamiento. Que yo sepa a ningún cazador lo ha entrenado un katagario, haré lo que pueda - se quitó la camiseta dejando al descubierto un torso bien definido y sin un solo vello.
- ¿Te depilas, lobo? - pregunté intentando molestarlo.
- Ángel mío, si quieres ver pelo...
- ¡No sigas! No preguntaré nada más...

Me desabroché las botas rápidamente mientras él se acercaba a mí poniendo los ojos en blanco.

- Iba a decir que deberías verme en mi forma de lobo. Malpensada - me tocó la frente con un dedo, empujándome la cabeza ligeramente hacia atrás -. Ahora dame la mano.

Lo hice, aunque con cierta reticencia y él empezó a vendarme la mano derecha con uno de los vendajes que se utilizan para boxear; me pidió la otra con un gesto y se la ofrecí mientras examinaba el vendaje que me acababa de poner.

- Bien, vamos, atácame.

Se puso en posición defensiva.

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