Tercer Capitulo de Time UnTime en Español

jueves, agosto 16, 2012


Mediodía.

Anotando la fecha y hora en sus notas en la muestra de suelo que estaba examinando, Kateri sintió como si se moviera hacia adelante mientras estaba atascada en reversa. Sintiendo pesadez en sus piernas y brazos, cada movimiento era aletargado y difícil. Como si el mundo entero estuviera fuera de sincronía y ella estuviera atrapada entre dos fuerzas que competían entre sí. Y sin importar cuánto le costara enfocarse en el trabajo, no podía parar de pensar en los sueños locos que había tenido.

¿Qué comí anoche?

Helado de banana.

Exacto, a partir de ahora, queda fuera de mi menú.

Después de horas de discusiones internas que la dejaron dudando sobre su cordura y condenando su estupidez por atreverse a pensar lo contrario, finalmente logró convencerse a sí misma que se lo había imaginado todo hasta que llegó al baño a lavarse los dientes había sido un sueño desencadenado por exceso de estrés, helado y . . .

Algo en retrospectiva. Tendría que chequear con su prima más tarde. Sunny siempre sabía sobre cosas raras. Si alguien podía decirle qué planeta o signo astrológico estaba afectando su vida, Sunny era esa persona.

Aun así, Kateri no podía sacarse de encima la imagen del guerrero de cabello oscuro. Claro, ayudaría si el hombre tuviera puesta una remera cada vez que la visitara en su inconsciente. ¿Qué clase de persona no tenía la suficiente decencia como para permanecer vestido mientras se colaba en sus sueños?

Un poco de modestia nunca estaba demás.


Si, pero ponerle ropas a un cuerpo tan hermoso era en sí mismo indecente.

Shh, pensamientos, tengan un poco de decencia.

Pero era difícil cuando todo lo que veía era el dolor en sus ojos oscuros que eran cálidos y le daban la bienvenida. Mientras su aliento le causaba cosquillas en la piel. Casi siempre que soñaba con él, él presionaba su mejilla contra la de ella mientras parecía saborear la cercanía. En esos momentos, ella siempre se sentía tan serena. Tan feliz.

Hasta que él la mataba.

Solo es un sueño estúpido.

Ella realmente lo creía. Cuando había vuelto a su habitación para vestirse, el espejo ya no tenía ninguna inscripción, y no vio ninguna señal de las muñecas, ni del cuervo burlón, ni nada fuera de lo normal.

Probando de esa forma que su imaginación estaba más activa que nunca. Y mis amigos se preguntan por qué nunca quise probar drogas. Con su historial familiar, no se atrevía a hacerlo. Tenía demasiada locura sin ellas. Lo último que necesitaba era todavía más locura.

Desde que su abuela había muerto, ella había tenido “visiones” que no podía explicar. Cavernas en el desierto y jeroglíficos antiguos que estaban pintados en las paredes de piedra. Animales que se enfrentaban a ella. Pero la única cosa que siempre había sido una constante en todas ellas era el hombre de cabello oscuro que, o luchaba a su lado, o la acuchillaba hasta matarla.

De repente, la puerta de su laboratorio se abrió para revelar a su asistente, Enrique Martinez, que llegaba con un paquete gigante en sus manos. Con veintitrés años, era hermoso, y estaba muy consciente de ello. Algo de lo que tomaba gran ventaja con sus compañeras femeninas, cada vez que necesitaban un “tutor.” Su lista de “novias” en simultáneo era tan larga que Kateri se había dado por vencida de tratar de acordarse de todas, semanas atrás.

“Hola, Dr. Avani.” Él apoyó la enorme caja en la mesa a su lado.
Sentándose en su banco, ella le sonrió. Le había dicho miles de veces que la llamara Teri o Kateri. Pero por alguna razón, él nunca podía dejar la formalidad. “Hola, corazón. ¿Cómo te fue en su salida de anoche?”

         Él hizo un sonido de irritación con su lengua. “No tan bien como esperaba. Ella me echó un valde de agua fría. Pero bueno. No estoy mal por eso. Ella tampoco era lo que estaba buscando.”

         “¿En qué sentido?”

         Él le sonrió causando que le aparecieran oyuelos en su rostro. “Ella se quejó tanto de su comida con el mozo que me dio miedo de comer la mía. Usted nunca sabe cuándo un cocinero iracundo va a ponerle “condimentos especiales” en la carne. Lo último que necesito es que mi novia sea una arpía. ¿Sabe a lo que me refiero, no?

         Riéndose, se estiró para tomar el paquete y abrirlo. Mierda, que era pesado. ¿Alguien le habría mandado una pila de ladrillos? Ahora tenía un nuevo concepto de la fuerza que tenía Enrique.

         “Ríase de mi miseria, Doc, pero la Venganza de Montezuma no es algo para reírse.”

         Ella lo miró enojada. “¿Nunca te vas a olvidar de ese accidente?”

         “Usted  no fue la que tuvo que recluirse en el baño por tres días, Doc. Gracias por ese regalo de cumpleaños, por cierto.”

         Ella se burló. “Si, bueno, al menos siempre vas a acordarte de eso. Que nunca se diga que no sé como dejar una impresión duradera.”

         Esta vez, él se rio con ella, mientras sacaba un cuchillo mariposa del bolsillo posterior, lo abrió, y luego cortó la cinta adhesiva en el paquete.

         Arqueando una ceja, se quedó bastante impresionada con sus habilidades con el cuchillo, y no quería pensar en la razón de por qué un estudiante de geología tenía un arma como esa.
“¿Acaso ese tipo de cuchillo no es ilegal?

         Su expresión haría que un ángel llorara ante su inocencia. “¿Lo son?”

         A ella le encantaba que siempre contestara las preguntas que no le gustaban con otra pregunta. Desviar el tema era algo en lo que se destacaba, y era un maestro de la manipulación. Negando con su cabeza, abrió la caja para encontrarse con una tonelada de telgopor y algo que estaba empaquetado con cinta de tal forma que abrirlo parecía un reto.

         Genial. Justo lo que quería. Una uña rota y los dedos lastimados por tironear con la cinta.

         Enrique deslizó su cuchillo en su bolsillo antes de levantar un cuaderno de notas que estaba apoyado en el escritorio. “Lindo dibujo, Doc. ¿Es su novio, o algo así?” Había un brillo extraño en sus ojos. Si no lo conociera mejor, diría que lo había reconocido.

         El calor explotó en sus mejilas al darse cuenta de lo que Enrique tenía en sus manos.  ¿Por qué no lo cerré? Porque había estado distraída convenciéndose a sí misma que el tema de su dibujo era una ilusión a causa ver demasiadas comedias románticas.

         “No. De vez en cuando dibujo para distraerme.” Ese había sido su intento para sacar al guerrero misterioso de sus pensamientos para que pudiera enfocarse en su investigación y en sus exámenes.

         No había funcionado. Pero había sido un buen intento de su parte que le había explotado en la cara. En vez de aclarar sus pensamientos, cada línea de su rostro cincelado, y su cuerpo duro como piedra ahora estaba permanentemente grabado en su mente.

         Por alguna razón, ella lo había dibujado de perfil, mirando hacia la izquierda con la luz cayendo sobre su rostro e iluminando sus rasgos y su torso desnudo en una pose tan sexy, que estaba segura que era ilegal en varios estados.

         Ella lo había dibujado con su largo cabello suelto y su cuello despojado del collar plateado, color hueso y turquesa que usaba en sus sueños. En sus manos, sostenía un garrote de guerra enorme. Le recordaba a un remo, excepto que la punta estaba llena de trozos de vidrio incrustados. Un arma olvidada que el hombre moderno solo conocía a través de pictografías, el mazo tenía un extremo plano que le permitía a los Mayas noquear a sus víctimas y dejarlas inconscientes mientras que el vidrio de obsidiana podía cortar a través de la piel  y el hueso más rápido que un escarpelo o una sierra quirúrgica. Ella no sabía por qué lo veía con un arma maya, pero era la que había usado varias veces en su sueño.

         Incluso sin ella, se veía letal y poderoso.

         Atrayente y absolutamente delicioso.

         Cosas que ella no quería que Enrique supiera que había en su mente. Jamás. Ella le sacó el anotador de las manos y lo cerró.

         Con una sonrisa diabólica que decía que él sabía más de lo que debería, Enrique no hizo comentarios al respecto.

         “¿Se enteró de lo que le pasó al Dr. Drake?”

         “¿Cuál Dr. Drake?” Había cuatro en el campus, y dos de ellos en el departamento de geología donde ella y Enrique vivían la mayoría de su tiempo.

         “El Dr. Drake con el que fue a la excavación el verano pasado a Méjico. Está en su email. Se lo mandé más temprano. Falleció en un avión hace unos días.”

Ella inspiró en shock ante su falta de tacto. Mierda, flaco ¿tu madre no te educó mejor que eso?. No se le bombardea así a una persona con noticias tan trágicas.

Un poco más de tacto habría sido agradable.

         El Drake al que se refería era Fernando Drake, del departamento de Sociología y Antropología en la Facultad de Millsaps en Mississippi. Ella había sido su amiga desde que se habían conocido en el Salón Reed como estudiantes en la Universidad de Georgia. Fernando había sido lo suficientemente amable como para matar el bicho en su habitación en los dormitorios que la había estado aterrorizando por días.

         Algo que había hecho con estilo, mientras que la escuchaba gritar pidiendo un zapato para matar a la bestia. Con una bota Doc Martens con llamas rojas, él había atravesado su puerta abierta y había matado en el piso al lado de la cama de su compañera de cuarto.

         Y lo que hacía el suceso incluso más heroico era que había llevado los restos del bicho y le había dado un entierro en el mar, en el baño de hombres.

         Nadie podía acusar a Fernando de no ser el más caballeroso de todos.

         Y como todavía no tenían ni treinta años, Fernando todavía era demasiado joven como para que le pasara algo así. Ella nunca lo había visto enfermo, ni siquiera que le doliera la cabeza. “¿Qué?”

         “Si, y también fue algo muy raro.  Dijeron que no había ni una marca en su cuerpo, pero que cuando le hicieron la autopsia, faltaba su corazón. ¿Raro, no? Como algo salido de Fringe.

         La habitación parecía dar vueltas mientras viejas historias susurraban en su mente. Literalmente sintió como si estuviera en caída libre.

         Estirándose, se agarró de la mesa para estabilizarse antes de caerse de su silla. “¿Es un chiste?”

         “¿Por qué haría un chiste con algo tan tétrico? No soy tan insensible.” Él frunció el ceño. “¿Está bien, Doc?” Está un poco pálida.

         Sentía tremendas nauseas mientras su mente fue a un lugar a donde definitivamente no quería ir. Se decía de los cuervos burlones que se comían el corazón de sus víctimas y no dejaban ningún rastro físico. La única forma de ver su obra era abrir el pecho de la víctima y encontrar que su corazón ya no estaba.

         Sin que el aire pudiera pasar por su garganta, que estaba cerrada, ella abrió el mail para poder leer el artículo sobre la muerte de Fernando. Pero nada la calmó. Si algo, hizo que se sintiera peor.

         Enrique tenía razón. Fernando había estado en viaje hacia su casa cuando la azafata había tratado de despertarlo para plegar la bandeja antes del aterrizaje. Ella descubrió que estaba muerto y asumió que había sido un ataque cardíaco. Sin embargo, durante el viaje, algo o alguien, le había removido el corazón con precisión quirúrgica sin dejar marcas en ningún lugar del cuerpo.

         No era algo que se veía todos los días. No a menos que uno estuviera completamente loco o fuera una sanadora cuidando los corazones y las almas de los moribundos.

         Si, claro.

         No creo en cuervos burlones, al menos eso era lo que seguía repitiéndose a sí misma. Lástima que su mente no la escuchara.

         Una y otra vez, ella escuchaba las historias de su abuela y veía la figura siniestra de sus sueños que se había ido volando por su ventana.

¡Basta! Este es el siglo veintiuno, no el primero.

Ella estaba sentada en un laboratorio de última generación en la Universidad de Alabama – no en una cabaña en el medio del campo, en el norte de Georgia.

Ella se forzó a si misma a mirar alrededor de la habitación. No estaba rodeada de pinturas ecuestres e hierbas de procedencia cuestionable, que actuaban como alucinógenos. Ella estaba en este lugar con gas y cromatógrafos de iones, un plasma de acoplamiento inductivo, espectrómetro de masas, microsonda electrónica, espectrómetro de masas por relación de isótopos estable, microscopio de electrones. . .

Su mundo consistía en cosas como fuentes generadoras de ondas sísmicas, geófonos simples y de tres componentes, sistemas de adquisición sísmica StrataVisor, perfilador de subsuelo marino CHIRP para capas de sedimentos. Ella era una científica, no una sanadora que preparaba pociones de cosas que crecían en su jardín.

         Ella se rehusaba a creer en todo esto. Tenía que haber una explicación lógica para lo que había causado la muerte de Fernando.

         Tenía que haberlo. “¿Qué pensás que le pudo haber pasado?” ella le preguntó a Enrique.

         Como ella, él era un científico que no creía en cosas sobrenaturales.

         “El Chupacabra.”

         Bueno, ahí quedó su teoría. Ella revoleó sus ojos. “¿De verdad? ¿Un chupacabra? Por lo que sé sobre ellos, solo toman sangre de animales. Nunca escuché de uno que tomara un corazón humano.”

         “Si, pero uno nunca sabe.” Su acento cambió del anglosajón al latino, algo que solo pasaba cuando estaba ansioso por algo o enojado.

“Mi abuela solía contarme historias de el peuchen cuando era chico.”

         Y ella tontamente había pensado que se sabía todas las leyendas de terror. Obviamente, Enrique había encontrado una de la que ella nunca antes había escuchado. “El peuchen?”

“Si. Es una serpiente alada gigante, o a veces puede cambiar su forma a otras cosas, pero más que nada es una serpiente con alas emplumadas que caza de noche. Y es como un primo del chupacabra.

Mi abuela solía contarme como venía y le chupaba la sangre a la gente o se comía sus corazones. Durante la mañana, encontraban a sus víctimas en campos o cerca de arroyos. Su madre era la machi del pueblo, y para protegerlo, ella lo alejaba con sonidos de tambor cuando comenzaba a alimentarse. Así que pienso que el peuchen debió haber estado en el avión con él.”

“Entonces ¿por qué dijiste chupacabra?”

“Porque nadie, fuera de Chile o Argentina, escuchó alguna vez sobre el peuchen. No es algo que se sepa en América del Norte, precisamente, lo del Chupacabra, y por otro lado . . .”

Aunque odiara admitirlo, tenía un punto válido. Aun así. “¿No crees realmente en esas cosas, verdad?”

“Sé lo que usted quiere que yo diga, Doc. Pero creo. . . Abuela sabía cosas. Veía cosas. Cosas que nadie podía explicar, sin importar cuánta ciencia quiera ponerle. Ella dijo que eran visiones otorgadas a ella por la Santa Madre Tierra. Cuando era un niño, ella me dijo que yo también podía verlas. Pero no quise verlas y entonces no las vi. Pero solo porque estudiamos ciencia, no quiere decir que no haya cosas que definan nuestras explicaciones. Por cada cosa que descubrimos, hay mucho más que todavía sigue siendo un misterio. Cosas que nadie puede encontrar con un test empírico.

Él señaló la pantalla de la computadora con la pera. “Y eso, es algo que definitivamente no sabemos.”

En eso tenía razón. Sin querer admitirlo, ella volvió a la actividad de abrir el paquete que se sentía como si fuera una roca gigante.

Enrique la ayudó hasta que descubrieron

Una roca gigante.

Su ceño se frunció aun mas junto con el de ella al sacar el plástico que la recubría para revelar una rueda esculpida a mano como las que había visto hace meses al dejar la excavación.

“’¿Qué es eso? Él preguntó.

Sus dedos recorrieron los intrincados diseños mientras estudiaba a la enorme piedra roja que tenía que tener miles de años, juzgando solo por su condición desgastada. “Parece ser un calendario maya, pero inscripción, pero los símbolos no parecen exactamente mayas.” Aun más, también había un escrito.

No eran símbolos, parecía algo en antiguo griego.

Bueno . . . alguien le estaba tomando el pelo. Tenía que ser. Uno de sus amigos debió haberlo hecho como una broma.

Porque nunca había visto nada como esto. El griego con el maya no tenían nada que ver. No había forma de que algo así existiera.

¿Pero y si fuera algo real?

No podía ser. Esas culturas nunca se habían mezclado.

Jamás.

Frunciendo el ceño, ella buscó entre el telgopor hasta encontrar una nota cerca del fondo de la caja. Preparada para recibir una broma del día de los inocentes, la leyó.

Teri, encontramos este sello en el entro del sitio de excavación debajo de una tumba diferente al cualquier otra cosa que me haya encontrado. Nunca vi este tipo de símbolos. La otra inscripción parece griega, si, lo sé, dale, reite, porque no puede ser possible. Le envié una foto del escrito a la Dra. Soteria Parthenopaeus en Nueva Orleans para ver si ella puede leerla y le pregunté si tiene idea de cómo algo europeo puede aparecer en una piedra pre-clásica en el Yucatán. Mis pruebas iniciales me dicen que esta piedra tiene 14,000 años. No, no es un error, creeme, sé que es imposible, pero me aseguré una y otra vez y mil veces más. No puede ser, así que le mando esto a la mejor geóloga que conozco para que lo corrobore. O para que me digas que llegó el momento de actualizar mi equipo y conseguir una mejor ventilación. Incluí varias muestras de suelo. Por favor, llamame tan pronto como lo recibas.

Fernando.
Le recorrieron escalofríos por los brazos mientras ella se quedaba mirando fijamente su nombre en el papel y un millón de recuerdos la asaltaron. Incluso ahora, ella podía recordar verlo el verano pasado, sentado fuera de la pirámide con el sol poniéndose detrás de él. Mugriento y transpirado con el cabello enredado y en todas direcciones, se veía feliz y excitado por más que habían estado escavando por diez horas seguidas en el peor tipo de clima caluroso.

Con esa sonrisa juvenil que poseía, había abierto una cerveza tibia y se la había dado. “¡Después del trabajo—cerveza!”

Las lágrimas se le acumularon en los ojos. Había sido la peor cerveza que había tomado en su vida, pero su compañía lo había transformado en un momento perfecto. Fernando siempre había sido un buen amigo con ella y lo extrañaría terriblemente.

¿Por qué tuvo que morir? Él era demasiado joven. Tenía demasiados planes.

Apretando los dientes, y forzándose a no llorar, se enfocó en lo que Fernando querría que hiciera. El trabajo siempre era la prioridad numero uno. Esa era la razón por la que el no tenia una esposa, ni siquiera una novia.

Concentrate, Teri . . .  Por la fecha y hora del paquete, habia sido enviado el mismo dia que habia subido al avion para volver a casa. Sin duda habia sido demasiado pesado para llevarlo por ese medio, ademas de todas las restricciones que tenian las aerolineas estos dias.
Sin mencionar, que era algo enorme.
En mas de un sentido. Si realmente tenia 14,000 años y tenía una inscripción griega, re escribiría completamente la historia registrada y cambiaría todo lo que pensaban que sabian del mundo antiguo. Tanto en América como en Europa.
Catorce mil años era anterior a cualquier sistema de escritura. Y ahora que lo pensaba, incluso seria anterior a la Antigua Grecia.
Ella frunció el ceño ante el pensamiento. ¿Cuándo se había fundado Grecia? No tenía idea. Esa no era su área de especialización. La historia clásica nunca le había gustado demasiado. Ese tipo de conocimiento lo tenía Fernando, y si bien había obtenido bastante información en las excavaciones de las que participaban, eran en su mayoría Mesoamericanas y no Europeas.
Pero incluso con sus limitaciones, ella sabía que era algo épico al extremo. Uno de los descubrimientos científicos más importantes de todos los tiempos...
No existen las coincidencias. El universo y los espíritus siempre nos envían signos y presagios. Debés aprender a verlos y leerlos. Solo entonces serás capaz de controlar a tu destino.
Las palabras de su abuela la rondaron.
¿Pero signo de qué sería algo como esto?
"¿Crees que el mundo va a terminar en dos semanas?" Le preguntó Enrique, trayendo sus pensamientos de vuelta al lugar donde estaban.
"¿Qué?"
Él señaló con la barbilla el calendario en sus manos.
"Eso de los mayas. ¿Lo habías escuchado? ¿No es que el mundo se va a terminar cualquier día de estos?"
Al menos, eso sumó un poco de humor a su tristeza. Ella había escuchado a Fernando quejarse y gritar acerca de ese tema durante todo el verano. Había sido su punto débil y de la misma forma que el de Kateri era que no soportaba a la gente que dejaba sus carritos de compras en el medio del pasillo para que nadie pudiera pasar. La gente desconsiderada siempre la hacía enojar.
"No, corazón. No hay nada en la cultura Maya ni escritos que sugieran que el año terminará este año.
Como los Cherokee y otros nativos, tienen un sistema cíclico de calendarios, y el cuarto ciclo terminna en el 21 de diciembre, pero nunca escribieron nada refiriéndose a que fuera algo apocalíptico."

Fernando se sentiría tan orgulloso de que ella hubiera escuchado todos sus berrinches. Ese pensamiento causó que el dolor le lacerara el corazón mientras terminaba la diatriba de Fernando en honor a él.

"Esa fue una distorsión causada en los días cuando solamente podíamos leer un treinta por ciento de los de los jeroglíficos mayas, incluso un porcentaje menor. En los noventas, todo el mundo estaba aterrorizado por el Y2K, algunos estudiosos repitieron la antigua confusión y cobraron por eso. Así que por las dudas, no te deshagas de tus efectos personales. Vas a necesitarlos para el 22 y cualquier cosa que hagas, no te olvides de comprarle algo a tu mamá y abuela para Navidad. Se van a enojar mucho con vos si no lo hacés."
Él suspiró irritado al máximo. "¿Así que la fecha no es importante para los Mayas en ningún sentido?"

"Si, y no. Ellos pensarían en ese suceso de la misma forma que nosotros festejamos el 31 de diciembre y es la misma razón por la que festejamos el nuevo milenio de esa forma. Para ellos es el fin de una era, y el comienzo de una nueva. Pero además de compartir algunos tragos, o cortar algunas cabezas, ya que los Mayas tenían una inclinación a hacerlo, no es algo para alarmarse.”

“Salvo que uno sea el dueño de las cabezas que ellos buscan.”

         Ella se rio. “Exactamente.”

         Enrique suspiró como si estuviera decepcionado de que no llegara el fin del mundo. “Bueno, que cagada. Mejor que pague la cuenta de la luz cuando llegue a casa. Tenía la esperanza de no tener que hacerlo.”

         Antes de que ella emitir comentario, una nueva voz los interrumpió. “Yo no me apuraría a llegar a casa, en tu lugar. El mundo puede tener un final no tan feliz.”

         Kateri inspiró de golpe ante la acentuada voz masculina que interrumpió su conversación-

Ni español ni indio, Su acento era una suave conjunción de ambos. Una que hacía que el hermoso timbre de voz sonara exótico.

Frunciendo el ceño, ella miró más allá de su asistente para ver a lo que tenía que ser uno de los hombres más sexis que había visto en carne y hueso. Él frenó debajo del dintel de la puerta para mirarlos. Aunque dudaba que midiera mucho más que  la mayoría de los hombres, tenía un aura tan poderosa que parecía llenar la habitación. Era la intensidad cruda que poseía alguien acostumbrado a ser temido y respetado, probablemente al mismo tiempo.

Vestido de negro completamente, tenía su grueso cabello color ébano recogido en una cola. Él la perforó con su mirada, tan perturbadora, que le hizo temblar las manos. Había algo que no le cerraba. Algo que la atraía y al mismo tiempo le infundía miedo, y prendía fuego al aire a su alrededor.

Literalmente hacía chispas.

Su piel era del mismo color que un pedazo perfecto de caramelo, y se movía con pasos fieros de depredador nato.

Aunque su mirada nunca la abandonó, ella tuvo la impresión de que podía ver todo a su alrededor. Incluso no se sorprendería si tuviera ojos en la nuca, también.

"¿Por qué dice eso, Señor....?" Ella alargó la palabra esperando que llenara el espacio en blanco.

Por suerte, él se dio cuenta de lo que le preguntaba, mientras se acercaba a ella. "“Verastegui, Kukulcan Verastegui. Pero todos se refieren a mi como Cabeza.”

La forma en la que dijo su nombre completo, ella pudo casi saborear algo dulce y tentador... como una taza de chocolate caliente. Excepto por un detalle que destruyó esa imagen. El hecho de que ella supiera lo que significaba su sobrenombre.

"¿Por qué te dicen Cabeza?"

Un lado de su boca se elevó formando una sonrisa que era tanto divertida como amenazadora. "Rezá para que nunca tengas que enterarte."

Su mirada se desvió hacia el anillo dorado que tenía en el dedo meñique de su mano izquierda. Tenía un símbolo maya, pero ella no estaba lo suficientemente cerca como para identificarlo, y aunque estuviera más bueno que el chocolate, no quería acercarse ni un milímetro más a él. Le daba la impresión de ser tan letal que si tratara de acercarse le arrancaría el brazo.

"¿Qué puedo hacer por vos, Sr. Veracity?"

“Ve-rás-te-gui,” la corrigió, marcando al r de tal forma que sonaba como un ronroneo.

Enrique se movió para ponerse entre ellos, forzando a Cabeza a frenarse antes de llegar hasta ella.

Bien, Enrique, te voy a regalar veintidós puntos en tu próximo examen. Dios bendiga a este chico por ser tan sobreprotector.

El brillo amenazador en sus negros ojos sin alma decían que al Sr. Cabeza no le gustaba ni un poquito la interferencia. Cabeza le habló a Enrique en español pero su acento era tan pronunciado que Kateri no pudo entender ni una sola palabra.

Sin embargo era obvia la forma en la que Enrique frunció los labios antes de contestarle fieramente.

De alguna forma, ella pensó que no estaban justamente discutiendo el clima, o indicando como llegar a algún lugar cercano al campus.

Mas bien le hicieron recordar a una telenovela. Cabeza se rió con un tono bajo y seco, mientras le dedicaba una expresión de sabelotodo.  “Deberías ponerle la correa a tu Chihuahua, chica. La verdad que no tengo ganas de lavar sangre de mi ropa.”

Enrique dio un paso hacia él, y de repente quedó congelado, como si alguien hubiera apretado el botón de pausa. Estaba con un brazo levantado y sus rasgos en un gesto de enojo.

Si, bueno. . . esto no estaba bien.

Carraspeando, Kateri dio un paso hacia atrás, solo para chocar con la mesa del laboratorio que le cortaba la retirada. ¡Mierda!

“Relajate, bonita. Si te quisiera muerta o lastimada, ya lo estarías.”

Seguro. . . Él no la conocía si pensaba eso.
Con sus manos temblando por el miedo, ella metió la mano en el bolsillo de su guardapolvo para poder agarrar su lapicera táctica, algo que su tío Danny había insistido en que siempre llevara en caso de que alguien quisiera atacarla. Si Cabeza no la congelaba también, ella tendría una gran sorpresa para él. Podía ser bajita, y pequeña en comparación, pero gracias a su tío Danny y sus primos, ella era puro músculo y estaba entrenada para pelear sucio.

“¿Qué querés?”

“Posees cierto ítem que requiero.”

“¿Y ese ítem sería?”

“Una piedra.”

Eso era como pedirle al océano una sola molécula de agua. “Mirá a tu alrededor. Soy geóloga.” Ella señaló hacia los estantes a su izquierda que tenían filas de cajas con piedras.  Y él tenía cara de piedra si pensaba que ella le iba a dar lo que quería mientras la estuviera amenazando.
Y esa muestra no era nada, en comparación con las que tenía en su casa. “Colecciono piedras desde que aprendí a caminar. Necesito más detalles que solo “piedra.” ¿Algún adjetivo que puedas agregar?”

         Su mirada se oscureció. Se tornó letal. “¿Qué tal si cooperás y me das lo que necesito?”

         Kateri sacó la lapicera de su bolsillo. “Dejame pensar. . .  ehm . . . no.” Ella corrió hacia la puerta.

         Desafortunadamente, el corrió más rápido y le cortó el paso hacia su destino. Ella lo atacó con la lapicera, pero él le agarró la muñeca en un movimiento tan rápido que lo vio hasta que la inmovilizó. Mierda, era más fuerte que el increíble hulk, y eso lo decía todo.

         “Dame la piedra del tiempo,” le gruñó en el oído.

         “¿Mi qué? ¿Quién?” Su mirada fue hacia el calendario que le había enviado Fernando. ¿Le estaría hablando de eso?

         Bueno, podía quedarse con eso. Lo que sea que fuera, no valía su vida.

         “¿Eso que está ahí?” Ella señaló hacia donde estaba la piedra. “Llevate la porquería esa. Es toda tuya.”

         Él miró hacia donde estaba, y casi se cae de espaldón as. La soltó tan rápido que casi se cayó hacia adelante.

Ella corrió hacia la puerta, pero cuando trató de abrirla, no cedía. ¿Dónde hay una Granada cuando la necesito?

Mejor, incluso, una llave.

Con un gesto solemne, Cabeza recorrió el antiguo tallado con sus manos. Acarició el calendario como si fuera un amante que hubiera perdido. “¿Cómo lo obtuviste?”

“UPS.”

Él frunció los labios y la miró de arriba abajo con rabia. “¿Dónde fue encontrado, decime?”

No me hables con ese tono, pibe. Ella nunca había sido una de las personas a la que nadie le decía que hacer. Nunca.

Ignorando su orden, trató de abrir otra vez la puerta. Vamos puerta, abrite, abrite, abrite!

¿Por qué no se abre esta porquería?

Porque este día todavía no fue lo suficientemente malo.

Apenas ese pensamiento había terminado de cruzársele, antes de que la puerta explotara en sus manos. Protegiéndose la cara con las manos se tiró hacia atrás en un esfuerzo por protegerse a sí misma. Cabeza se lanzó sobre ella. Esquivando su agarre, corrió hacia la abertura, solo para chocarse contra una pared sólida.

No, una pared no. Una masa gigante de hombre que tenía que medir al menos dos metros estaba debajo del dintel de la puerta. Uno que le gruñó algo a Cabeza en un idioma que ella nunca antes había oído hablar.

Kateri apenas pudo salir de la línea de fuego antes de que ambos fueran por el otro con todo lo que tenían.

Tiraban golpes que habrían matado a cualquier ser humano normal. Pero ninguno de ellos hizo más que gruñir y seguir atacando mientras continuaban bloqueando su salida.

Era como estar atrapado entre Godzilla  y Mothra.

Sin pensar en ninguna otra cosa que no fuera sobrevivir, ella corrió hacia el armario en la parte de atrás. Si no podía hacer otra cosa, al menos intentaría esconderse allí.

Al chocarse contra la última mesa, donde había dejado su cartera, agarró su teléfono celular de la misma. Intentando llamar a la seguridad del campus, puteó al ver que comenzaba a sonar en sus manos.

¡Mierda! Mejor que no sea un telemarketer.

Abriendo la tapa, pensó decirle a quien estuviera del otro lado que estaba un poquito ocupada cuando escuchó que era la voz de su prima Sunny.

         “¿Teri? ¿Está todo bien?”

“¡Sunny! ¡Necesito ayuda en mi laboratorio, ahora! Llamá a la seguridad del campus por mí. Me están atacando.” Apenas terminó esa frase que su teléfono quedó en silencio.
“No puedo dejar que hagas eso, ¿verdad?” Le preguntó Cabeza mientras pateaba a la montaña lejos de él.

Él se dirigió hacia donde estaba ella.

Los ojos de Kateri se pusieron como platos al ver que el otro hombre corrió hacia donde estaba Cabeza y lo estampó contra la pared. Eso tenía que doler, pero como le estaba hacienda un favor, en realidad todo su apoyo era para la montaña, para que ganara la pelea.

Tengo que salir de acá. Especialmente antes de que ambos dirigieran sus golpes hacia ella. Un golpe de esos y ella nunca se recuperaría. Kateri corrió hacia la abertura nuevamente. Por favor, espero que me hayas escuchado, Sunny. Por favor, conseguime ayuda.

Ella amaba a su prima con todo su corazón, pero la mujer a veces podia ser extremadamente despistada e ignorante a veces.

Ella miró a Enrique, que todavía seguía congelado.

Él también necesitaba ayuda.

¿Qué hago?

Kateri casi había llegado a la puerta más cercada cuando alguien la agarró del brazo para pararla en seco.

Furiosa, se volvió al recién llegado, con la intención de atacar. Pero al levantar su brazo para propinar el golpe y enfocarse en su última causa de irritación, ella se quedó sin aire. El reconocimiento le cayó como un balde de agua fría.

“¿Talon?” Era el marido de Sunny. Un metro noventa y cinco de puro músculo, tatuado con símbolos celtas tribales.

         “¿Qué estás haciendo acá?”

         ¿Estaba en el pueblo? ¿Sería esa la razón de la llamada de Sunny?

         Él no le respondió la pregunta, solo se puso delante de ella, en la línea de fuego, para protegerla. Su rubio cabello ondulado era corto, excepto por dos largas y finas trenzas que caían por su frente. Justo al momento en el que Cabeza le habría pegado, apareció un cuarto hombre que atrapó a Cabeza y lo levantó del piso. Golpeó a Cabeza contra el piso y lo pateó lejos de ellos.

“¡Sacala de acá, Celta!” le gruñó a Talon sobre su hombro.

Sin dudar, Talon la subió sobre sus hombros musculosos como si no pesara nada y corrió con ella fuera de la habitación. No fue la sensación más cómoda.

Pero estaba demasiado agradecida de poder salir de ahí.

Talon no la bajó hasta llegar a su oficina al final del pasillo.

“Enrique todavía está en el laboratorio.”

“Cabeza se va a encargar de traerlo.”

Ella se atragantó con su tono. “Ese es el problema, no quiero que lo haga.”

“¿Por qué no?

¿Por qué no? ¿De verdad? Porque me agrada. Es un buen asistente y esos son difíciles de encontrar.

Talon la miró con el ceño fruncido. “¿Entonces por qué no querés que lo salven?”

“Quiero que lo salven. Pero no quiero que Cabeza se lo coma.”

El ceño de Talon se frunció aun más. “¿Ambos estamos hablando español, verdad?”

“Si.”

“Entonces por qué siento que no es así. “

Antes de que pudiera responderles, el hombre alto, que había tirado a Cabeza conta el piso apareció a su lado. Literalmente a su lado.

¿Cómo llegó tan rápido a este lugar que ella no lo vio?

No era algo que realmente importaba en este instante, porque . . . a la mierda. . . ¿cómo era posible que no lo hubiera visto bien hasta ahora? Y aun así, durante la pelea, apenas había registrado al hombre.

Ahora, la ferocidad de su presencia la atravezó. Pasando el metro ochenta, tenía músculos como un tanque, y esas ropas negras le daban un look siniestro. Aunque no lo necesitaba. Su cabello negro era un poco más largo que el de Talon y lo usaba con un flequillo cubriendo sus ojos de obsidiana que la dejaron paralizada al minuto que se posaron en ella.

Sus rodillas se aflojaron del terror. ¿Cómo había aparecido en este lugar sin usar la puerta? Todavía estaba cerrada de cuando llegó a este lugar con Talon, y si bien era possible que el hombre fuera rápido, seguramente habría visto a la puerta abrirse y cerrrarse.

Sin mencionar, haber escuchado la campara.

A diferencia de ella, Talon no pensaba que fuera inusual haberse materializado en su oficina. “¿Pudiste rescatar al chico?” le preguntó al hombre.

“Apenas. Lo dejé en el baño. Debería estar seguro ahí, hasta que pueda volver a moverse.”

El hombre señaló las ventanas con la barbilla. “Ayudá a un hermano, Celta. Podría haberme prendido fuego, bastardo. Pensá con antelación las cosas. Primero me pedís ayuda y después dejás que me rostice, mierda. ¿Qué clase de amigo sos?”

“Andá a cagar,” le gruñó Talon antes de ir hasta las persianas y cerrarlas. “Si te metés conmigo, pibe, te voy a poner debajo de la luz del sol en este instante.”

El hombre le hizo un gesto a Talon que ella asumió que sería algo obseno.

Talon le sonrió burlándose. “Ni en tu mejor día, Cabeza. Pero sentite libre de seguir fantaseando conmigo. La mayoría de las mujeres lo hacen.”

Él hombre se burló, y se agarró el “paquete” en un gesto bastante obseno.

“Si, acá tengo a una mujer para vos, Celta. Esta.”

Kateri sostuvo sus manos en alto antes de que comenzaran una pelea igual de la que recién se habían escapado. “Esperen, esperen . . .” Ella señaló al hombre. “¿Tu nombre también es Cabeza?”

El hombre levantó la ceja inquisitivamente. “¿También? Estoy bastante seguro que soy el único. Nunca me crucé con otro.”

Estaba comenzando a agarrarle un dolor de cabeza. “El otro hombre en el laboratorio. Al cuál atacaste. Dijo que su nombre era Cabeza.”

“¿Su madre lo bautizó cabeza?” Talon se rió burlón. “Dios, eso sí que es malintencionado. Y yo que pensé que esto ya era gracioso.

“Era un sobrenombre. Su nombre completo era Kukulcan Verastegui.”

El Cabeza en frente de ella empezó gritar lo que parecían ser puteadas en maya. Ella no tenía idea de qué estaba diciendo, pero sonaba fuerte y brutal mientras gesticulaga furiosamente para puntualizar cada cosa que decía.

Ella se dio vuelta frunciendo el ceño para dirigirse a Talon. “Qué esta diciendo?” Talon se encogió de hombros. “Soy Británico, no Mejicano.”

“Ese pendejo no soy yo.” Cabeza comenzó a insultar en una mezcla entre maya y español, y luego cambió nuevamente al inglés, pero esta vez su acento era completamente marcado y remarcaba las “r” viciosamente. “Su nombre, para que lo sepas, es Chacu. Ese malparido hijo de la gran puta, se hizo pasar por mí. Debería haberle cortado la garganta en mi Acto de Venganza.”

“Aunque la verdadera pregunta es, ¿hoy pudiste cortarle la garganta?”

Con las manos en las caderas, Cabeza lo miró de la peor forma posible, por haberle preguntado eso. “No, se escapó, junto con el. . . uhm ¿Cómo es esa palabra? Uh . . .¿un temible?
 “¿Un cagón?” le preguntó Talon.

“Si, uno de esos estaba con él. Desaparecieron antes de que pudiera matarlos.”

“¿Por qué estaban peleando? Preguntó Kateri. “¿y por qué están detrás de mí?”

Cabeza levantó una ceja inquisitiva. “¿No lo sabés?”

“¿Por qué te lo preguntaría si lo supiera?” Ella volvió su atención a Talon. “¿Y cómo llegaste tan rápido?” Talon y Sunshine vivían en Nueva Orleans. . . No en Tuscaloosa, Alabama. La última vez que ella había hecho ese viaje, le había llevado cuatro horas, y ella no manejaba despacio.

“Quizás quieras sentarte para esto.” Talon sacó la silla del escritorio para ella.

Las náuseas se apoderaron de su estómago. “Creo que prefiero quedarme parada. Ahora decime. “¿Qué está pasando?”

Los hombres intercambiaron una mirada solemne, como si estuvieran deseando que el otro hablara primero.

“¿Además de hacerse pasar por mí, te dijo algo más Chacu?”

“Dijo que quería mi piedra.”

Un tic se hizo visible en la mandríbula de Cabeza. “Y la otra . . .criatura que estaba con él? ¿Qué fue lo que dijo?”

“Nada. Solamente apareció y Cab. . .” Ella se detuvo al ver que los ojos de Cabeza explotaron con fuego color ébano al mirarla.

 “Chacu lo atacó.”

“¿Tenés alguna idea de por qué se hizo pasar por vos?” le preguntó Talon.
“Ni idea. Su odio hacia mí es legendario. Pero no tengo idea de sus intenciones. Solo lo quiero muerto.”

Kateri se aclaró la garganta para llamarles la atención. “Y ambos están evitando mis preguntas.”

Talon se rio con sarcasmo. “Eso es porque te va a agarrar un ataque de histeria y ninguno de los dos quiere lidiar con eso.”

Bueno, al menos Talon era honesto.

“No me va a agarrar nada,” ella le aseguró.

Ahora fue el turno de Cabeza de burlarse. “Eso es lo que todas dice, nena. Y luego a todas les agarra un ataque de histeria.”

Talon se rio nuevamente, esta vez una carcajada honesta, al mirar a Cabeza a los ojos. “Te acordás esa vez cuando . . . “ y luego la miró a ella de reojo. “No importa.”

Ella ignore ese comentario completamente. “Miren, lo que sea, puedo manejarlo. No soy una nena, y Talon, sabés que no reacciono así ante nada.”

Cabeza se cruzó de brazos. “¿Es verdad eso?”

“Hasta ahora. Pero nunca tuve que decirle algo como esto. Siempre hay una primera vez para todo.“

Eso la ofendió. “¿Hasta ahora? Gracias por el voto de confianza, Talon.”

Él levantó sus manos en el aire en un gesto de rendición. “Al menos es algo.”

“Mejor que se lo digas, Celta. . . antes de que venga otro. Necesitamos llevarla a un lugar seguro mientras podamos.”

A Kateri definitivamente no le gusto cómo sonaba eso. “¿Refugiarme de qué?”

Talon dejó salir un largo suspiro. “Está bien. Vos preguntaste. Vamos a ver cómo no te agarra un ataque de nervios cuando te diga que sos la madre del Armageddon.”


Traducción: Mariana Agnelli, para Rito de Sangre


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3 comentarios

  1. tengo ganas de leer el libro entero traducido =3 cuando este me avisais a twiter ? @H4S30 asias =3

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  2. no hacemos avisos personales, sois demasiados... ;) pero lo anunciaremos

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  3. Con un adelanto como este me ha dado un ataque... como se habra quedado Kateri jejeje...

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